En lo profundo, la capacidad de la palabra para referirse a algo más que ella misma es en realidad la condición que posibilita el hipertexto. La palabra que habla sobre su significado y sobre algo más ha funcionado y funciona como el inicio de un largo camino narrativo. Al mismo tiempo, su esencia interpretativa, su capacidad para decir varias cosas, representada con el lector, es la condición elemental que permite la participación en un texto. Esto también tiene sentido en los textos en la Red con la particularidad de que se producen y distribuyen inmediatamente con mucha facilidad.
Si, como dice Paul Ricoeur, la narración es capaz de dar forma al mundo, la nueva lectura electrónica (documentos, correos, periódicos o libros, todos electrónicos), tendrá eventualmente un impacto fuera del mundo virtual. Este nuevo tipo de lectura, cuya única diferencia es su esencia de publicación inmediata, es decir la lectura particular de un texto se difunde, apenas con ligeras variaciones con la original, y se multiplica y transforma a una velocidad pasmosa gracias a las herramientas digitales, especialmente por el entrelazamiento de la vida cotidiana con la tecnología. La facilidad y la rapidez con que los usuarios se conectan entre ellos formará una nueva estructura que finalmente tendrá influencia definitiva fuera de la Red. En principio parece un loco ejército de inocentes voluntarios dedicado a repartir (o regalar) al menudeo la invalorable información. Destruyendo los modelos de negocio, las jerarquías o las formas tradicionales de distribución, y comandado sin contemplaciones por las gigantes corporaciones de internet dedicadas solamente a llenar sus arcas.
El libre acceso a los contenidos y la posibilidad de reproducirlos, el consecuente cambio en los hábitos de interacción con la información de los usuarios de internet, más allá del entretenimiento participativo, influirá en el mediano y largo plazo en un cambio en la organización social de la información. Así, el no tan reciente descubrimiento del internet como una invalorable herramienta de marketing, especialmente en campañas virales (de boca en boca), ha impulsado las aplicaciones participativas con esquemas parecidos al de la Wikipedia pero, a diferencia de ésta, con la finalidad de provocar una eficaz distribución diseminada de publicidad interactiva y no necesariamente la producción de contenidos. Pero en esencia, la idea es dotar de voz a los lectores y usuarios de las tecnologías de la información –si la publicidad no es buena, no llegará muy lejos.
Parece que con el internet los usuarios se convierten más y más rápido en los medios masivos de información, con una agenda propia y con una influencia cada vez más importante. Ahí están los ejemplos de Digg o Menéame, dos sitios que eran principalmente sobre noticias de ciencia y tecnología en donde se envían relatos de noticias y recomendaciones de páginas web que clasifican los usuarios. Con el paso del tiempo ambos sitios, uno de los Estados Unidos el otro de España, se han deslizado cada vez más hacia los temas políticos. O también las nuevas iniciativas de algunos periódicos en línea, por ejemplo el New York Times, en las que sus notas estarán relacionadas con los blogs que las comenten, lo que sin duda les dará una relevancia especial.
De modo paralelo, pero con el mismo signo, se producen constantemente nuevas herramientas e ideas de participación virtual que no buscan necesariamente fines de lucro, pero sí son potenciadas por las anteriores. Usuarios, programadores, lectores, escritores, periodistas y diseñadores anónimos, que se nutren de los contenidos digitales, ponen a disposición de los demás sus hallazgos, lecturas y experiencias. Su meta es compartir bajo el principio de intereses comunes, probablemente con la idea de que su participación se convierta en una botella lanzada al mar para que alguien los encuentre.

